2/12/08

En contacto con la diáspora rock

Pocos veteranos, acaso ninguno, dejarán una herencia cultural tan penetrante en las generaciones posteriores como lo ha hecho Mikel Laboa, artista con la sensibilidad suficiente como para entregarnos tanto una emocionada canción de acordes y melodía, como un desarrollo desenfocado, arisco y con pleno sentido.

Pablo Cabeza (Gara) El nacimiento del punk y el renacimiento del rock vasco en la década de los ochenta, planteaba la ruptura con el pasado para proponer un nuevo ideario musical, más joven (por propia naturaleza) y más agitador. En realidad, un traslado de las ideas del punk británico que proponía cargarse a todos los dinosaurios del rock. Con todo, el punk y el rock radikal, al menos aquel surgido desde la cultura vasca, siempre respetó la memoria y el trabajo de uno de esos cantautores plastas -siguiendo la terminología e ideas de la época- , Mikel Laboa. La mejor prueba del respeto y admiración que el rock emergente le tributó quedó reflejado en un álbum temprano, «Txerokee, Mikel Laboaren Kantak», grabado en los últimos meses de 1989 en los estudios Katarain y publicado el 10 de setiembre de 1990; es decir, aún con toda la ventolera de punk y rock recorriendo Euskal Herria.

De Laboa lo que más ha sugerido es su actitud frente a la canción, el ánimo trasgresor de buena parte de su obra, la espectacularidad de sus improvisaciones, juegos onomatopéyicos, el flujo inesperado de su voz, su tono... y, evidentemente, su compromiso con el euskara. Planteamientos concordantes con la línea rupturista del punk o del rock, por lo que la química sólo necesitaba mentes abiertas para iniciar su proceso. En este sentido, M-ak y Negu Gorriak fueron de las primeras formaciones (dentro del rock) en expresar su admiración por Laboa, que termina materializándose en el señalado álbum tributo. Disco que cuenta, además, con la participación de bandas con tendencias musicales muy diferentes. Participan Su Ta Gar acelerando «Haika mutil», uno de los momentos más entusiastas y aplaudidos del repertorio actual del grupo en su veinte aniversario. Negu Gorriak acometen «Gaberako aterbea», que se combina con el rock and roll de Kiowak, el rock de Delirium Tremens y el jarkore de Bap!!, Karkaxa y Bukaera. El álbum también cuenta con la participación de Pottoka, Tapia ta Leturia y el propio responsable del sonido, Angel G. Katarain. En 1997, Laboa volvió a encontrarse con Fermin Muguruza, apoyado a su vez por el grupo Dut, otros admiradores, en las sesiones de grabación de «Ireki ateak», donde cantaría «Gazteluak».

Para los músicos más jóvenes, quizá la presencia de Laboa se haya diluido un tanto - distancia generacional, restringida vida pública en sus últimos años-, pero, con todo, los detalles referenciales han continuado dándose. Los bilbainos Zea Mays le recordaban hace tan sólo unos años versioneando «Gogo eta gorputzaren zilbor-hesteak», Oreka TX cuentan con él en su actual espectáculo, aparece en un vídeo que se proyecta durante la actuación de los txalapartaris; Lisabö, un ruidoso grupo tan conceptual como imprevisible, siempre ha declarado su admiración por Laboa y Aida Torres, componente de la banda, colaboró en lo que ya es el álbum póstumo de Mikel, «Xoriek» (17). En 2004, el dj Axular (Axular Arizmendi) conseguía que el veterano músico participase en «Izarren keinua», canción del álbum «Anitza», un disco orientado hacia las pistas de baile. Axular comentaba en aquel momento: «Sí, creo que este tema tiene un punto muy especial para mí. Por una parte, uno la intensidad y la musicalidad de Mikel Laboa con el tecno. Por otra, esta canción se la dedico a un amigo muerto en accidente. El texto y el mensaje es lo que más me conmueve de esta canción».

Con todo, el último grupo que tuvo la fortuna de contar con la colaboración de Mikel, en otro proyecto de retorcida y explosiva sonoridad, fue Naiz Roxa, formación de Pasaia que un 31 de mayo de 2007, jueves, conseguía que Laboa se acercase hasta los estudios Amadeus de Donostia para grabar un poema de Bernard Etxepare. La sesión duró varias horas. Mikel leyó el texto de diferentes maneras, pero ninguna encajaba en lo que el grupo y la letra apocalíptica sugería, así hasta que el «joven» de la txapela y la brillante mirada dirigió el tono hacia los aires ventosos y turbulentos de los «Lekeitios» y todos quedaron convencidos. Tras la grabación, banda y solista tomaron unas bebidas en un bar próximo, donde Laboa les contó diversas anécdotas: «Un día me revisaron la maleta en un aeropuerto e iban comentando en voz alta lo que encontraban. Al dar con un disco mío que llevaba dijeron: `y un disco de un tal Maikel Labo'». Matxet -parte de Naiz Roxa- también recuerda que les relató como en un accidente de tráfico de unas chicas, estas llevaban una casete de él puesta y que seguía sonando después del percance (así se lo contaron poco después al artista). Laboa, al final, sentenció: «Si es que, con mi música, no me extraña que pase esto». Naiz Roxa, con Iñaki Altolagirre, y los hermanos Eneko e Iban Goikoetxea, los tres con un Laboa entre sus apellidos, lejano parentesco del árbol genealógico de Mikel con Pasai Donibane, finalmente se fueron entusiasmados con el recitado del donostiarra. Lo acoplaron a «Iqharaturic», su extremo y enérgico álbum debut, y dieron nuevo testimonio de la libertad y disposición con la que siempre se movió Mikel Laboa, fiel a su Atahualpa Yupanqui, a su Bertolt Brecht. Fiel a sí mismo y a los sonidos divergentes y rotos de tanto grupo iconoclasta, como él perturbadores de formas y fonemas.