27/1/09

Quintín Cabrera, el trovador insobornable

Carlo Frabetti
Insurgente
La reciente publicación del último disco de Quintín Cabrera, significativamente titulado Naufragios y palimpsestos, sería un buen pretexto, si hiciera falta alguno, para celebrar su larga carrera de músico, cantor y poeta. Carrera de fondo. Carrera de obstáculos. Obstáculos a menudo insuperables y siempre superados, como es propio de quienes piden lo imposible y no se resignan a no conseguirlo. Carrera solitaria, porque si, tras la farsa de la “transición”, los intelectuales y artistas supuestamente de izquierdas se pasaron en tropel a las filas de los farsantes, la deserción fue especialmente masiva entre los cantautores, que, con rarísimas excepciones, abandonaron la canción protesta por la canción próspera. Y una de esas raras aves (canoras), sin un solo coqueteo con el poder en medio siglo de actividad -y activismo- incesante, es mi queridísimo amigo Quintín Cabrera, a quien conocí en la Barcelona de nuestro exilio hace más de treinta años y a quien desde entonces no he dejado de admirar.

La canción es un arma al servicio de los pueblos, no un producto de consumo a utilizar por el capitalismo para enajenarlos. La tarea de los trabajadores de la canción-protesta debe desarrollarse a partir de una toma de posición definitiva junto a su pueblo frente a los problemas de la sociedad en la que viven”, dice la resolución final del Primer Encuentro Internacional de la Canción Protesta celebrado en Cuba en 1967, en el que participó el joven Cabrera como representante de Uruguay. Y desde entonces se ha mantenido fiel a esa toma de posición definitiva junto a su pueblo; su pueblo que es el uruguayo, el catalán, el castellano, el cubano…; su pueblo que es todos los pueblos.

En Naufragios y palimpsestos se reúnen dieciséis canciones de distintas épocas, pero todas renovadas por la actualidad de sus versiones, musicalmente impecables (lo valiente no quita lo cortés), y por la participación de un selecto grupo de artistas invitados: Eliseo Parra, Luis Barros, Luis Eduardo Aute… Desde la declaración de principios (y fines) de Arte poética hasta el lírico itinerario autobiográfico de Las ciudades son libros, pasando por el divertimento autorreferente que es Baila caliente, todo el disco rezuma evocación y tránsito; pero evocación sin nostalgia, tránsito sin huida. Ni los palimpsestos son remordimientos, ni son derrotas los naufragios.

Una caricia para el oído, un bálsamo para el corazón y un tónico para el cerebro. Uno de los pocos, poquísimos trovadores a los que el poder no ha logrado ni comprar ni silenciar. “Ese cantor montevideano que ha replicado a todas las soberbias -como dijo Xabier Rekalde, otro gran resistente-, en Barcelona, en Sevilla, en Madrid, allá donde su travesía ha tenido hueco para depositar los recortes mellados de su inmensa humanidad, las cosas de aquí con rimas de otro mar, con la cadencia aromática de su infancia y con la rabia y la ternura crecidas y aseguradas por los años”.

Recientemente, Quintín Cabrera ha superado con éxito una delicada operación de trasplante de pulmón, y pronto, estamos seguros, pondrá el nuevo órgano al servicio de su canto insobornable. Será el primer trovador de la historia que habrá cantado con un pulmón ajeno. Todo un símbolo.