8/8/10

Reggae rebelde. Periódico Diagonal

Para entender el potencial rebelde que la música reggae tiene aún hoy en la escena europea hay que remontarse a mediados de los años ‘70, cuando la música más universal de Jamaica hizo su aparición en Europa. A pesar de que ya una década antes, en los ‘60, las listas británicas contaban con músicos jamaicanos en los tops –debido a la gran población inmigrante que importó su música–, no fue hasta la popularización de Bob Marley cuando el reggae hizo acto de presencia en el resto del viejo continente.

Lalo Flores
Asociación Cultural Reggae


El mensaje de Marley es, por tanto, el pilar sobre el que el reggae europeo empezó a cimentar su escena y éste no era cualquier mensaje. Letras que hablaban de rebeldía, paz, amor, unidad, lucha antisistema, vida natural. Estas son las claves para entender por qué un mensaje de población negra conectó perfectamente con la población blanca: se encontraron dos mundos que compartían las ganas de cambiar el sistema por algo mejor. Después de todo, el reggae –como otras manifestaciones culturales americanas– es el resultado de una miscelánea entre la música africana trasladada (a la fuerza) por los esclavos y los instrumentos y músicas populares europeas. De estas combinaciones nacieron las músicas modernas y, entre ellas, el reggae marcó la diferencia con un mensaje a veces muy personal, otras totalmente universal.

Este sentimiento rebelde es el que guió en su momento a los jóvenes europeos y fue el que nos atrajo a varias generaciones de españoles desde los años ‘80 (por aquel entonces nacían las primeras bandas, Potato o Jah Macetas) hasta los ‘90. El roots reggae, estilo que popularizó el omnipresente Marley, era la bandera de estas primeras generaciones que encontraban en la música, además del exotismo propio de los ritmos caribeños y de la cultura rasta, valores como la lucha contra la intolerancia (racial, fundamentalmente), contra el sistema (en cuanto aprendimos el verdadero significado de la palabra babylon) y la apuesta por una vida natural, austera, en armonía con el medio y consciente de la importancia de renovar y mantener las tradiciones culturales (aquellas de nuestras raíces que merecieran ser rescatadas).

Y todo ello a pesar de que ya en la isla se había iniciado un giro en los ritmos y en las letras. Quizás todo tiempo pasado parece mejor, pero lo que aquí recogimos durante esas primeras generaciones de amantes de la música jamaicana fue lo que quedó sembrado en los ‘70, tiempo de luchas sociales, de búsqueda de dignidad racial en América, de movimientos antibelicistas, de sueños de algunos tipos de socialismo... En definitiva, de espíritu rebelde, revolucionario. Y es todo esto de lo que bebía la música de Marley y de otros grupos que nos fueron llegando a posteriori y que ponían letra a los sentimientos de ese convulso momento histórico en la América negra. Pero, como toda manifestación popular –y el reggae es, fundamentalmente, la voz del pueblo–, cambió conforme lo hacía la sociedad. Y sabemos la deriva que todo el mundo ha ido tomando desde los ‘90: la concepción neoliberal ha potenciado el exacerbado individualismo, el consumismo como nuevo dios, la vida digital. Todo esto, poco a poco y sin apenas percibirlo, se fue introduciendo en la música reggae de Jamaica y, por tanto, en el resto del universo reggae. Un mensaje que fue calando en las nuevas generaciones y transformando a las viejas.

Así el reggae roots, de raíz, orgánico, dio paso a la era digital, al nacimiento del dancehall reggae. Y no sólo se notó en las producciones, sino que repercutió en el discurso. La situación inicial de un joven país como Jamaica, que tenía todo por delante (se independizó en 1962), se dio de bruces contra el neocolonialismo británico y estadounidense, sufrió las políticas de ajuste estructural del FMI y vio de nuevo truncadas sus aspiraciones, potenciando la ya de por sí violenta historia de la isla.

El resultado es conocido: más pobreza, nuevas formas de bandas armadas (los famosos yardies jamaicanos), aumento del consumo de drogas sintéticas y el recrudecimiento de los peores sentimientos: el machismo, la homofobia, el sexismo, la violencia. Quizás como síntomas sociales, como una forma de exteriorizar tanta presión social. Todo esto es lo que ahora nos llega en forma de música a los jóvenes, y ya no tan jóvenes, europeos, que, sometidos a la misma visión homogeneizadora del mundo, aceptamos el mensaje, porque también son universales los sentimientos del odio al diferente, la violencia como respuesta al ataque del sistema. Donde antes predominaba el sentimiento revolucionario, ahora domina el gansta urbano.
El reto del futuro es conseguir impregnar a las nuevas generaciones del mensaje rebelde inicial, retomar el pulso revolucionario de los ‘70, es decir, lo mismo que el movimiento altermundista pretende para la sociedad: otros mundos mejores posibles. Y también, como en la vida real, es posible que sea más fácil de lo que parece, ya que el propio sistema se encuentra en un proceso de autodestrucción del que no sabemos quién saldrá ileso. “Toda pequeña acción tiene una reacción”, cantaba Marley. Quizás pronto nazca otro movimiento que, hastiado de lo efímero de sus letras, rastree de nuevo en las raíces para encontrar lo realmente importante: el amor, y lo haga aflorar de nuevo a la superficie.
Acusaciones de homofobia
I.G.R
Los mensajes de paz, porros y amor han dejado paso a un discurso violento y machista en un país, Jamaica, en el que la sodomía es delito y varios activistas por los derechos de las personas homosexuales han sido asesinados. Las letras de estrellas del dancehall como Buju Banton, Beenie Man o Sizzla parecen una penosa competición por ver quién es más bestia y machista; el primero incluso fue acusado de participar en una agresión homófoba. Paradójicamente, las canciones de contenido homófobo (cuyo machismo exagerado y constantes improperios contra los gays nos hacen sospechar que ocultan una secreta fascinación homoerótica) están dejando de interpretarse no por una toma de conciencia de los grupos, sino por una más prosaica preocupación por el bolsillo. La presión de los grupos de derechos de gays y lesbianas está empezando a surtir efecto, provocando cancelaciones de conciertos y que muchos promotores se nieguen a contratar a determinados cantantes