8/10/10

Multinacionales, la vida no sigue igual

Pablo Cabeza, periodista
GARA

Como el objetivo no es hablar de la historia de Ramoncín ni de él como personaje, dirigimos el punto de mira hacia una anécdota que contó en la cadena SER hace unas semanas y que ilustra a la perfección por qué las multinacionales de la industria discográfica se estaban ganado el derecho a la autodestrucción. Obviamente, nadie intuía que su desmoronamiento llegara por Internet, pero, como el sector de la construcción, la industria del disco contaba con su propia burbuja, así que simplemente era cuestión de esperar qué suceso las pondría patas arriba.

Decía Ramoncín en antena, un sábado por la tarde/noche, que un alto ejecutivo de su compañía discográfica llamado Javier le llamó un día a su despacho y que allí le comentó lo mucho que él había hecho por la carrera del de Vallecas y que, bueno, pues que igual le venía bien una moto para andar por Madrid. Ramoncín entendió la directa y por la misma se fue a su barrio a informarse con quién tenía que hablar para arreglar lo de la moto.

Iniciados los trámites por las calles de Vallecas, pronto llegó a manos de Ramoncín una hermosa vespa con matrícula y todo. El cantante le llevó al ejecutivo el juguete y éste quedó prendado, apuntándole que eso es lo que necesitaba y que estaba muy bien. No sabemos cuánto tiempo estuvo el tal Javier con su flamante moto robada por las calles de Madrid, pero Ramoncín nunca supo de problema alguno al respecto. Comentó “El rey del pollo frito”, letra dedicada a un ejecutivo de la multinacional y no a él mismo como siempre se creyó, que este mismo tipo fue el encargado de llevar a una panda de periodistas a Londres para asistir a la grabación del nuevo disco del rocker de Vallecas. Fletar aviones y llevar a periodistas de aquí para allá (una especie de burdo chantaje aceptado con agrado por los escribientes o locutores de la época) se llevaba mucho por los setenta/ochenta. Don Javier se llevó a su mujer. Ésta se cepilló las tres tarjetas de crédito del marido en un «me voyyyy..., de compras», por lo que el ilustre ejecutivo tuvo que pedirle un montón de pasta a Ramoncín, que luego cargaría como gastos a la discográfica, por supuesto.

Ejemplos como este los hay a miles, por lo que no es extraño que muchos aficionados a la música y los propios músicos sableados (con contratos siempre basura) estén dispuestos, a pesar de todo, a vivir sin multinacionales.